Hay derrotas que duelen. Y hay derrotas que, con el paso del tiempo, terminan confirmando la grandeza de quienes las protagonizaron.
La final perdida frente a España dejó tristeza. Era lógico. Cuando un equipo acostumbra a ganar, cualquier resultado que no sea la victoria parece insuficiente. Pero sería un error reducir este ciclo a noventa o ciento veinte minutos de fútbol.
Esta Selección hace tiempo dejó de medirse solamente por los títulos.
Se mide por lo que logró despertar.
Desde que Lionel Scaloni asumió la conducción del equipo nacional, Argentina recuperó algo que durante muchos años parecía perdido: la identificación entre los jugadores y la gente.
No fue una construcción de un día para otro.
Fue el resultado de un proceso.
De un entrenador que llegó con más dudas ajenas que certezas propias. De un cuerpo técnico que eligió el trabajo silencioso antes que el protagonismo. De dirigentes que sostuvieron un proyecto cuando era más fácil cambiar de rumbo.
Y, sobre todo, de un grupo de futbolistas que entendió que vestir la camiseta argentina implicaba mucho más que jugar bien al fútbol.

Esta generación volvió a transmitir algo que no se puede entrenar.
Compromiso.
Sentido de pertenencia.
Humildad.
Porque nunca pareció un equipo de estrellas. Pareció un grupo de amigos dispuesto a correr el uno por el otro.
Ganó dos Copas América, un Mundial, una Finalissima y volvió a convertir a Argentina en protagonista permanente de cada competencia internacional.
Pero, aun si no hubiese conseguido todo eso, ya habría dejado una huella.
Porque devolvió algo que el fútbol argentino necesitaba recuperar: la ilusión.
Durante este Mundial volvió a demostrarlo.
No siempre jugó bien.
No siempre fue superior.
Pero jamás dejó de competir.
Cada partido fue una muestra de carácter.
Cada eliminación superada reforzó la idea de que este equipo nunca deja de creer.
Y cuando las piernas ya no respondían, aparecía algo más fuerte.
La convicción.
Argentina volvió a representar a su gente.
No desde la perfección.
Sino desde la autenticidad.
Con errores, aciertos, sufrimiento y coraje.
Como tantas veces ocurre fuera de una cancha.
Por eso la derrota frente a España no cambia demasiado.
Porque el legado de esta Selección ya estaba escrito mucho antes del último partido.
Los resultados quedan en las estadísticas.
Las emociones permanecen en la memoria.
Y eso es mucho más difícil de conseguir.
Dentro de algunos años quizás no todos recuerden cómo terminó aquella final.
Pero sí recordarán cómo los hizo sentir este equipo.
Recordarán los abrazos.
Las lágrimas.
Las remontadas.
Los penales.

Los festejos compartidos con desconocidos.
Recordarán que, durante varios años, millones de argentinos volvieron a sentirse representados por once jugadores que entendieron perfectamente el peso de esa camiseta.
Ese será el verdadero triunfo de esta generación.
Porque los campeones levantan copas.
Pero solamente algunos equipos consiguen algo mucho más valioso.
Quedarse para siempre en la memoria de su pueblo.